La respuesta literaria del poeta Jaime Vándor (1933) ha sido diametralmente opuesta a la de Paul Celan.[1] Hasta hace poco tiempo, había logrado conjurar la memoria de la tragedia con las solas armas de la razón, construyendo con los materiales aportados por la literatura de todos los tiempos esa hermosa historia universal de la bondad que al fin y al cabo fue su recordada tesis sobre Los ricos de espíritu,[2] y que no es sino una sublimación de la locura que le tocó vivir en carne propia. Sólo en tiempos recientes, el intelectual austriaco ha bajado a la arena de la creación literaria para amasar de otro modo, más íntimo y personal, esa sombra alargada del dolor que, al igual que aquella gigantesca piedra que Sísifo se empeñaba en remontar a la cima del monte, siempre vuelve a caer sobre la vida cotidiana del superviviente.[3]Su poesía, nacida para la propia catarsis, es -en buena medida- un gesto consciente de gratitud ante la grandeza humana –"nada me fascina fuera de lo humano, no necesito otro palo mayor"–, y se nos ofrece con una clara voluntad comunicacional que impone su querencia y su lenguaje, muy cercano al "habla" común en cuyas frondas sólo existe un hombre que ha decidido poner fin a su silencio. La aparición de la Shoa como circunstancia y, a la vez, como objeto poético del que emerge la escritura es, en la poesía de Jaime Vándor, un hecho aparentemente diluido entre los muchos sobre las que descansa el vivir cotidiano, pero su sólida presencia nos informa no sólo de la centralidad –escondida– de la experiencia del dolor en su mundo poético, sino, también, de algunas de las formas literarias en que dicha presencia ha ido tomando cuerpo en la poesía de los supervivientes.
Aparece, así, como una "sombra" silenciosa que envuelve lo cotidiano, y también como un "rumor" tan inaudible como pueda serlo el canto de los pájaros en el bosque hasta que, repentina o voluntariamente, algo nos advierte de su sola presencia. Cristalizado en estas dos metáforas de naturaleza simbólica, la experiencia de la Shoa comparece en el mundo poético de Vándor como un "poso que rescolda y no prescribe" y cuya permanente e íntima presencia nos conduce -como ya lo hizo con Celan- a un proceso de interiorización del dolor en el alma de los que lo vivieron en cuyo transcurso el dolor adquiere la textura capital de un sentimiento de “culpa” por haber sobrevivido a la catástrofe. El yo poético se construye a sí mismo "entre la pía memoria y la impía evasión", y lo hace desde la consciencia de sentirse aplastado bajo el peso de una silenciosa e invisible cicatriz del que nada ni nadie puede liberarlo, y por la que el poeta -como en el poema «Hijos»- no deja en ningún momento, una y otra vez, de reclamar el perdón...
Pero ésta cristalización del dolor como una invisible cicatriz no resume, en modo alguno, la huella de la Shoa en la obra poética de Vándor. Al lado de estas composicíones, aparecen otras en las que el tono intimista que caracteriza al grueso de sus confesiones deja paso a una voluntaria reflexión en torno al Holocausto que va y viene entre la compasión y la crítica ironía. En el hermosísimo poema «Inercia», de clara hechura historicista y que nos retrotrae a El jardín de los Finzi-Contini, de Vitorio de Sica, el poeta lo contempla -de nuevo- como un rumor apenas inaudible para quienes, en su tiempo, lo vieron llegar sin en modo alguno percatarse de su paso. Pero este imagen del "rumor" adquiere en el poema una dimensión distinta que nada tiene que ver con la interiorización del dolor particular de todo superviviente: más allá de las circunstancias temporales a cuya evocación nos enfrenta, y más allá también de la cálida ironía con la que el autor nos insta a contemplarlas, el poema nos sitúa frente a la incapacidad humana para advertir los muchos signos que acompañaron históricamente al Mal Absoluto en su curso silencioso, porque lo que se aproximaba entonces exigía una degradación tal del espíritu humano que, a pesar de las evidencias que lo acompañaban, parecía imposible que pudiera suceder.[4]
Muy distin
ta es la textura hímnica y versicular de «Nunca Korczak llegó a Jerusalén», un salmo de talla expresionista en el que los versos, en una tumultuosa y enfebrecida sucesión de tono admonitorio que nos recuerda a las piezas de los viejos profetas de Israel, golpean sin piedad el corazón de los puristas que nunca pudieron aceptar del todo el gesto de aquel «Justo» en cuya actitud pietista muchos en el mundo judío posterior a la catástrofe vieron como un gesto demasiado próximo al estigmatizado espíritu del cristianismo.
ta es la textura hímnica y versicular de «Nunca Korczak llegó a Jerusalén», un salmo de talla expresionista en el que los versos, en una tumultuosa y enfebrecida sucesión de tono admonitorio que nos recuerda a las piezas de los viejos profetas de Israel, golpean sin piedad el corazón de los puristas que nunca pudieron aceptar del todo el gesto de aquel «Justo» en cuya actitud pietista muchos en el mundo judío posterior a la catástrofe vieron como un gesto demasiado próximo al estigmatizado espíritu del cristianismo. Nada tiene de extraña -ni de errada- esta apreciación. Una apreciación que conviene resaltar porque nos sitúa ante el auténtico centro irradiante que ilumina todos los rincones de la obra, como pensador, y como poeta, de Jaime Vándor: él, desde el sentimiento de culpa característico del superviviente, ha renunciado a la evocación permanente de los lienzos del dolor y a su utilización como un plinto gigantesco al servicio de las formas más entecas del espíritu de la judaidicidad para, como ya hiciera Nelly Sachs, trascender la memoria del dolor y convertir su "sombra" palpitante en una reivindicación ética de la bondad de espíritu. Como con tanto acierto aprecia Mercedes Monmany,[5] este es, y será siempre, el gran legado de Jaime Vándor como intelectual, como poeta, y también como hombre de acción...
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[1] Jaime Vándor nació en Viena en 1933, y pasó las vicisitudes de la II Guerra Mundial y la persecución de los judíos en el ghetto húngaro de Budapest, sobreviviendo al exterminio gracias a la incansable labor del diplomático español Jaime Sanz Briz y del italiano Giorgio Perlasca, ambos nombrados «Justos de la Humanidad». Tras acabar la guerra, emigró a España en 1947 y se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, institución en la que, hasta tiempos recientes, he sido profesor de Lengua y Literatura Hebreas, y desde cuyo entorno ha desplegado un enorme activismo intelectual en torno a la preservación de la memoria viva del Holocausto.
[2] Jaime Vándor, Los ricos de espíritu. Estudios en torno a un personaje literario, Muchnik editores, Barcelona 1989.
[3] Su poética es un fenómeno tardío y, por esa misma razón, poco poblado todavía. Ha publicado Algo largamente inesperado, Seuba, Barcelona 1999; Nunca Korczac llegó a Jerusalén, El Toro de Barro, Cuenca 2002; Los flancos desprotegidos, Seuba, Barcelona 2002; Cosas que no entiendo, Libros Certeza, Zaragoza, 2005, y Un bien por compartir, Sefarad Editores, Madrid, 2006
[4] Destaca en el poema la irónica desazón crítica del poeta frente a la ceguera aristocrática de quienes, confiados en su riqueza, fueron incapaces de entender que el impulso exterminador de los nazis buscaba convertir a ricos y pobres en –qué magnífica metáfora– "esbeltos lirios cercenados con la común caléndula".
[5] Mercedes Monmany, "Jaime Vándor: una ética del sentimiento", prólogo de Un bien por compartir, Sefarad editores, Madrid, 2006.
1 comentarios:
Plenamente de acuerdo, comparto su visión que lo lleva a tomar la opción de la "bondad de espíritu", es más o menos lo que intenté decir en mi comentario sobre "Auschwitz, o el silencio de Dios". La bondad es el camino y se despliega en la acción.
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