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domingo, 17 de marzo de 2013

Juan Ramón Mansilla: «Del antijudaísmo al antisemitismo»


Willem Dafoe, en La última tentación, de Martin Scorsese (1988)




Del antijudaísmo al antisemitismo:
Una reflexión sobre las bases doctrinales del Holocausto



El nazismo era, aunque aberrante, hijo de una civilización en la que, desde hacía ya 16 siglos y como resultado de su autoafirmación ideológica, se había asignado un papel expiatorio al judío. La costumbre, la tradición era difícil, e incómoda, de quebrar, máxime cuando se había hecho verdad de un mito indeleblemente instalado en la psicología colectiva. Por ello, a la afirmación de que la Shoah «tenía sus raíces fuera del cristianismo», se le podría contraponer la pregunta siguiente: ¿sin el antijudaísmo cristiano, hubiera existido el antisemitismo?



Editado en 1997 en El juglar de la frontera
Supl. Cult. de El Debate de Cuenca



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     «La Shoah fue la obra de un típico régimen moderno neopagano. Su antisemitismo tenía sus raíces fuera del cristianismo». Con tales palabras el Vaticano realizó el 16 de marzo de 1998 finta -recientemente repetida- ante uno de los fenómenos más horripilantes de nuestro tiempo: el Holocausto judío. Pese a ello, cabría preguntarse si el antisemitismo nazi es, sustancialmente, contradistinto al antijudaísmo que nutre su tronco de raíces cristianas; si es o no aquél, y en qué grado, deudor de éste, aunque en su parte metafísica sustituya la idea de «conversión» religiosa (destrucción doctrinal) por la de «solución final» (endiösung). Salvada tal diferencia, ¿en qué medida las víctimas de ambos verían, sufrirían, de manera muy diferente las Leyes de Nuremberg o los edictos y cánones de Teodosio I e Inocencio III? La verificación del supuesto proposicional vaticano, además de ofrecer respuestas a estos interrogantes, requiere de un ejercicio de retrospección histórica que resuelva, no sólo el origen del antisemitismo, sino también su carácter de ingrediente constitutivo de la civilización europea, al menos hasta el término de la II Guerra Mundial. Pero, ¿desde cuándo?

Progrom de 1391 en Sevilla (España)

     Hay, quizá, una cierta tendencia a situar en la Roma precristiana el origen del antijudaísmo, acaso amparándose en hechos tales como la destrucción del templo y la edificación, sobre el montículo que ocupara, de la colonia romana de Aelia Capitolina. Es decir, la desjudaización de Jerusalén. Pero actuaciones similares se ensayaron antes en Cartago o Numancia. Creo que el supuesto antijudaísmo romano carece de elementos básicos como, para toda construcción doctrinal, puedan ser la coherencia y la sistematicidad. De serlo es, en todo caso, coyuntural e intermitente y mucho mejor definido desde la óptica de las relaciones entre el conquistador y un súbdito, unas veces rebelde y castigado, otras aquiescente. Esta óptica explicaría la alternancia entre tiempos de dura persecución, como bajo Adriano, y momentos de tolerancia e, incluso privilegio, como cuando los judíos son los únicos en quedar exentos de sacrificar a los dioses romanos, tal y como obligaba a todos los pueblos bajo la potestad de Roma un edicto de Diocleciano en el año 286. Lo que Roma aporta a la historia del judaísmo es la diáspora; esto es, su identidad de pueblo disperso, si bien unido por la patria mueble de la doctrina y la ley, del Talmud y la Torah.


     El auténtico punto de inflexión en la situación del pueblo judío se halla en el proceso, progresivo e iniciado en el 313, de conversión del Imperio Romano en Imperio Romano Cristiano. Desde este momento, el cristianismo oficializado utilizará en su beneficio todos los recursos del poder para neutralizar y eliminar a las religiones competidoras y, especialmente, a la judaica. En el año 315, sólo dos tras la conversión constantiniana, los judíos comienzan a recorrer su particular calvario, prohibiéndoseles, so pena de ser abrasados vivos, cualquier tipo de proselitismo entre los cristianos. Desde ese momento tan temprano, aparece ya una de las constantes del pensamiento cristiano respecto a los judíos: su definición como «secta perniciosa» (eorum feralem sectam) e «impía» (nefariam sectam). Diez años más tarde, en el primer Concilio ecuménico de Nicea, los Padres de la Iglesia establecen una segunda constante: su catalogación como el «pueblo deicida», enemigo natural de los cristianos.


     Echados los cimientos doctrinales del antijudaísmo, sólo quedaba completar el edificio. La teoría de la exclusión, fortalecida doctrinalmente por la patrística, será completada por las disposiciones y edictos imperiales, netamente discriminatorios y segregacionistas. En el siglo V (Codex Theodosianus, 439) y en el VI (Codex Justiniano, 534), se acometerá la recopilación y codificación de esa legislación, corpus normativo que pasará a los reinos cristianos occidentales desde el más temprano medievo. En el XII Concilio de Toledo (681), el monarca Ervigio, alienta a los obispos visigodos a quebrar «las redes de los impíos, purificad las costumbres impías de los perversos, actuad con celo ante los sin Dios y, lo que es más importante, arrancad de cuajo la peste judía». ¿Puede extrañar que Heinrich GRAETZ, historiador judío, considere que toda esta doctrina se convirtiera «en un oráculo para toda la cristiandad», que tal ejercicio de fe armara «más tarde a los reyes y a la plebe, a los hombres de Estado y a los monjes, cruzados y eclesiásticos, contra los judíos, y les (indujera) a inventar instrumentos de tormento y a encender las hogueras»? En tal contexto, ¿extrañará también que una súplica hebraica coetánea proclamase «oh Señor del mundo, antes acostumbrabas a concederme un intervalo luminoso entre una noche y otra (...), pero ahora una noche sigue inmediatamente a la otra»?


     En la larga y densa noche medieval los judíos habrían de quedar irremisiblemente atrapados entre dos tendencias convergentes. La una, a la atracción hacia el cristianismo que, bajo la protección de las autoridades, tenía como horizonte último la pila bautismal, el abandono de su superstición (como pretenden las controversias doctrinales que, por ejemplo, tienen lugar en Barcelona o en Tortosa) y, con ello, de su identidad como pueblo, de su patria portátil. La otra, la que conducía a su exclusión a fin de librar a los cristianos de todo contagio y perfidia. De esta segunda deriva, en primer lugar, la consolidación de la acusación de pueblo deicida y la añadidura de otras (asesinato ritual, profanación de hostias, envenenamiento de aguas) que hicieron cumplir a los judíos una función expiatoria. En segundo lugar, su reclusión en ghettos y aljamas, o la obligación de portar vestiduras y distintivos específicos (por lo general infamantes, como demuestra el que se les denominara la «mancha judía»). Al respecto, en el Cuarto sínodo de Letrán (1215, bajo el pontificado de Inocencio III) se les prohibió ejercer profesiones cristianas y se decretó su aislamiento de la sociedad cristiana. Un canon de este mismo sínodo establecía que «los judíos, tanto si es un hombre como una mujer, en todos los países cristianos y en lugares públicos deben distinguirse del resto de la población mediante un tipo especial de vestuario...». Todo ello acabaría desembocando en la persecución, la expulsión (desde la de Inglaterra en 1290 hasta la de Portugal en el 1496) y el exterminio. Al socaire de las Cruzadas, se generalizaron las matanzas de judíos, como las acaecidas en Ruan, Spira, Maguncia o Colonia. Exhortos como los del abad Pierre de Cluny, en los pregones de la Segunda Cruzada, revelan con claridad meridiana una propensión genocida: «¿Para qué tenemos que ir a buscar a los enemigos de Cristo a lejanos países, si los sacrílegos judíos, que son mucho peores que los sarracenos, moran entre nosotros y profanan impunemente a Cristo y a su Iglesia?» El progromo se convierte en un acontecimiento no episódico, sino recurrente de la cristiandad, sobre todo en sus momentos de convulsiones y espasmos. La Edad Moderna no haría sino añadir sufrimientos, tanto desde la Reforma (Lutero recoge todos los tópicos y toda la furia antijudíos, como puede verse en su De los judíos y sus mentiras, de 1543) como desde el catolicismo.


     Tras un periodo de tranquilidad y relativa emancipación que, entre fines del XVIII y buena parte del siglo siguiente, mucho tiene que ver con la afirmación de los derechos individuales y el triunfo del liberalismo, un segundo momento de inflexión va a suceder en el último tercio del siglo XIX. En clara ligazón con el positivismo y el nacionalismo, tiene lugar la secularización del antijudaísmo: los argumentos que encontraban su apoyatura en la religión, pasan ahora a fundarse en un pseudocientifismo biológico, muy dado a establecer categorías taxonómicas plagadas de implicaciones éticas. Adolf Stöcker, en 1878, afirma que los judíos envenenan la sangre e impiden el fortalecimiento del espíritu cristiano-germano. Un año después Wilhelm Marr funda la Liga Antisemita y acuña el concepto de «antisemitismo» (por cierto que en un sentido política y culturalmente restrictivo, pues se hace referente de lo hebraico y no de otros muchos pueblos semitas), desarrollado por Eugen Dühring y Houston Stewart Chamberlain. Esta línea de pensamiento culminaría en una obra de Moeller van der Brück cuyo más que significativo título era El Tercer Reich. Desde ahora, la cuestión judía revierte de religiosa en racial, siendo el problema dominante –por lo pronto en la teoría–  la salvación de la patria alemana, germano-aria, de la raza sacrílega. El credo judío ya no será lo fundamentalmente criminalizable sino, por encima de él, la propia existencia colectiva de un pueblo y de todos y cada uno de los individuos que lo integran. La «secta perniciosa» se convierte en la «raza maldita».

Grabado de la expulsión de los judíos de España en 1492

     De todo ello será receptor, discípulo aventajado y maestro, el nazismo. En el punto número 4 del programa del NSDAP (del partido nazi) de 1920, se proclama que «sólo pueden ser ciudadanos del Estado los compatriotas. Y únicamente puede ser compatriota quien tenga sangre alemana, sin distinción de creencias. Por consiguiente, no puede ser compatriota ningún judío». Ya en el poder, el nazismo se aplicó en la tarea de construir un Estado racial. En 1933 se promulgan una serie de leyes discriminatorias que prohiben a los judíos el ejercicio de la medicina, la abogacía y el desempeño de cargos públicos. En 1935 (Leyes de Nuremberg) se les priva de todo derecho constitucional y se les prohibe toda clase de relaciones con los alemanes de raza aria. En 1938 se pasa de la idea de exclusión a la de «solución final», refrendada en la Conferencia de Wannsee (1942). Lo que aconteció en Auschwitz, Dachau o Mauthausen es, pese a algunas propuestas revisionistas de esa Historia, sobradamente conocido, y supuso la culminación sistemática de una propensión genocida que había anidado muchos siglos antes en las cavernas de la civilización europea. El nazismo, ese «típico régimen moderno neopagano», no inventó ni las medidas de segregación ni el mito, tremendamente operativo, del «enemigo judío», pero culminó un trayecto ya iniciado, sublimando la exclusión en exterminio y, sobre todo, aportando una metafísica según la cual, no sólo se pretendía el aniquilamiento físico de los judíos, sino su destrucción moral; negando el pasado y el presente al pueblo de la Memoria, desposeyendo del futuro al Pueblo de la Promesa.


     Queramos o no, más allá de la especificidad de sus ingredientes doctrinales y programáticos, el nazismo era, aunque aberrante, hijo de una civilización en la que, desde hacía ya 16 siglos y como resultado de su autoafirmación ideológica, se había asignado un papel expiatorio al judío. La costumbre, la tradición era difícil, e incómoda, de quebrar, máxime cuando se había hecho verdad de un mito indeleblemente instalado en la psicología colectiva. Por ello, a la afirmación de que la Shoah «tenía sus raíces fuera del cristianismo», se le podría contraponer la pregunta siguiente: ¿sin el antijudaísmo cristiano, hubiera existido el antisemitismo?







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No se prohíbe la reproducción de este texto, pero se ruega a quien lo haga que, por honradez intelectual, cite el medio en que fue o ha sido publicado y su autoría.





Grandes Obras de
El Toro de Barro
PVP: 10 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es

  En un dramático–y real– camino de retorno, algunos de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz vijaron de nuevo al escenario de aquel apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual y colectiva, cuya historia fue narrada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, Esta novela coral pone de manifiesto las diversas formas de experimentar la presencia real de aquella tragedia en todas las generaciones del Israel contemporáneo, de cuyas patologías Amela Einat es una reputada e innovadora especialista




"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci





















 

viernes, 15 de marzo de 2013

Juan Ramón Mansilla: «Los libros negros»








Escena de danza dramática

de

Mercedes Ridocci.





Juan Ramón Mansilla
Los libros negroS



Editado en 1997 El Juglar de la Frontera,
Supl. Cult. de EL DEBATE DE CUENCA.

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   Hace ya algún tiempo, el diario ABC se sirvió del comentario de la obra El Libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión, editada por Robert Laffont, para realizar un claro ejercicio de oportunismo político y, lo que es peor, una burda banalización de la Historia contemporánea. La tesis del artículo que firma Juan Pedro Quiñonero es tan simple como intencionada: el paraíso comunista se edificó sobre millones decadáveres de los cuales veinte millones corresponderían a la URSS yalrededor de sesenta y cinco a China. La represión que los provoca no es algo fortuito ni excepcional: "el terror comunista no es una desviación de un modelo político original. Al contrario, es un cuerpo de doctrina dispuesta a servirse de todos los servicios del Estado para imponer su ley a pueblos enteros", se afirma mientras, paralelamente, se pregunta ¿quién se cobró más víctimas inocentes, Hitler o el comunismo?

Hitler (1939)

      La respuesta, por supuesto, viene dada: "globalmente los campos de exterminio nazis se cobraron 25 millones de muertos mientras que los campos de exterminio comunistas sumaron entre 85 y 100 millones de cadáveres? De la comparación resulta, y éste es un trasfondo intencional del artículo, que el régimen nazi fue benigno en relación al comunista. Claro que se olvida una cosa: esos "entre 85 y 100 millones de cadáveres" son producto de numerosos países y de un lapso temporal de 70 años. Aquellos 25 millones de muertos los ocasiona la política de un solo país durante 10 años. Si se hiciera una proyección no serían 25, sino1 75 millones. ¿Qué decir si el Reich nazi hubiera durado los mil años que, por fortuna equivocadamente, predijo Hitler? Entonces todos seríamos o arios o esclavos o muertos.


     Este matiz, con serlo, no es lo importante. Lo esencial es que tesis como la mantenida por el artículo se insertan en lo que puede denominarse como trivialización del nazismo; es decir, en una corriente "revisionista" que nos presenta a ese régimen de maldad o como una desgracia más dentro de la nómina de las catástrofes de la Humanidad o, lo que es peor, como el baluarte salvador del mundo occidental ante el empuje de las hordas soviéticas. Ante ello, que a Hitler y a sus secuaces (una recentísima investigación de Daniel J.Goldhagen demuestra algo intuido: que, en Alemania, los nazis no estuvieron tan solos sino que gozaron de la colaboración activa de millones de alemanes) se les fuera la mano es pura y disculpable contingencia. De aquí a la verdad, media un mundo. Pero, qué importa si contribuye a la consecución del objetivo pretendido que no es otro que algo que,d e modo palmario, se viene agudizando desde 1989, desde el desmoronamiento del régimen del "socialismo real": la demonización del comunismo; la demonización de una ideología que, de pervivir, supondría cuestionar el triunfo del pensamiento único triunfante, la victoria del capitalismo —tan festejada por tantos, el ABC entre ellos— sin tener en cuenta que implica también el triunfo de la desigualdad, de lo cual es ejemplo la paulatina trituración de derechos sociales y del Estado del Bienestar que ocurre en nuestros días... 

Asesinato de oficiales polacos por las tropas rusas
en Katyn

     Todo lo anterior no significa, por supuesto, la ocultación de los crímenes perpretados por los regímenes comunistas (de hecho tampoco,y pese a su pretendida novedad, libros como el de Laffont o artículos como el de Quiñonero aportan gran cosa: hace ya más de 50 años que los crímenes del estalinismo fueron denuciados por Raymond Aron, Hannah Arendt o Albert Camus), ni siquiera su edulcoración, como algunos pretenden, bajo el pretexto de responder "a una esperanza equivocada". Como hace bien poco recordaba Bernard-Henri Levy (El Mundo, 15-XII-1997), el fascismo y los regímenes comunistas son comparables si consideramos que se trata de un género (el totalitarismo) que tendría dos especies distintas, siendo precisamente el concepto de totalitarismo "el único que, al unirlos, consigue decirnos algo de esos dos acontecimientos esenciales y, lógicamente, irreductibles que son Auschwitz y el Gulag". Proseguía diciendo que "comparar es pensar. Comparar es hacer Historia. El gesto de comparar (..) es el gesto mismo del conocimiento", para concluir su artículo diciendo que "hay que comparar, pues, elfascismo con el estalinismo, para aislar lo que, en él, resiste a la confrontación y dejar en evidencia absoluta, total y diáfana la medida de su inhumanidad". 

Stalin y la hambruna planificada sobre Ucrania, 1932/1933

      Para comparar creo absolutamente necesario responder a estas preguntas: ¿es el comunismo lo que ha fracasado, es el comunismo —entanto que doctrina— el responsable de aquellos crímenes?, ¿es comunismo sinónimo de los autoproclamados regímenes comunistas? Para dar una respuesta cabal a esta cuestión habría que acudir al pretendido modelo político original de dichos regímenes: al marxismo. Y en la teoría marxista primigenia, el comunismo sería el estadio final de la revolución proletaria en el cual no sólo quedaría suprimida cualquier forma de explotación sino, incluso, el Estado, consiguiéndose la culminación del ideal de libertad mediante la consecución de la igualdad. Esto, claro es, cuadra mal con unos regímenes que descansaban en la omnipotencia del Estado y que, del marxismo, sólo conservaban alaracas verbales y, no de una manera completa, la estatalización de la economía. Pero, antes aún que en su formulación marxiana, existen nociones de comunismo que, por citar algunos ejemplos, podemos rastrear en las obras de Platón o de Santo Tomás Moro. ¿Son ambos también, en tanto que comunistas, inductores de los genocidios soviético, chinopopular o polpotiano? El comunismo, como doctrina, ni diseña un progama de aniquilación ni parte de un impulso criminal originarios sino, al igual que el cristianismo u otras religiones, de un intento de emancipación de la humanidad que, a diferencia del cristianismo u otras religiones, no pospone para el cielo sino que pretende en el tierra. Otra cosa bien distinta son los asesinatos realizados en su nombre (en el del comunismo, en el del cristianismo, en el de otras religiones). 

Trabajo forzado en un gulag

     ¿Se puede decir lo mismo del nazismo? Difícilmente toda vez que su "modelo político original", el Mein Kampf de Hitler, esboza un plan de dominación y exterminio raciales que fue diligentemente seguido. Mas aún: en ningún otro régimen, sea cual fuere la raíz y la crueldad de su totaliarismo, ha existido algo tan absoluta ei nhumanamente específico como la Shoah, como el Holocausto judío. El nazismo nace, se desarrolla y muere siendo criminal. No tener esto encuenta sería caer en comparaciones ahistóricas con el trasfondo de unas estadísticas macabras. Por eso el artículo que publicita ABC incurre en una intencionada perversión de una materia, la Historia, que adolece de numerosas malformaciones genéticas. 

   Para remediarlo, para ofrecer una imagen más objetiva, y puestos ya que no en el análisis histórico sino en el tremebundismo, hubiera sido de agradecer que, junto al Libro Negro del comunismo, dicho semanario abriera sus páginas a los "Libros Negros" de todas las represiones habidas, y no sólo de las que afectan a quienes se hallan en sus antípodas ideológicas. Así, por ejemplo, y por cercanía histórica, el Libro Negro del franquismo que, quizá, podía encomendar a Ricardo de la Cierva, todavez que tal diario editó en fascículos su, más que biografía, hagiografía de Franco. Y, amigos como son de las comparaciones, y dado que en el artículo de Quiñonero se dice que "Lenin ordena por escrito, de modo muy enérgico, expeditivo y terminante, cómo es necesario ejecutar ... a los enemigos políticos, y pide a sus verdugos materiales que se dé mucha publicidad «pedagógica» a esas ejecuciones", no tendría poco provecho comentar, como él mismo lo hizo en una entrevista concedida a Jay Allen el 29 de julio de 1936, que Franco estaba dispuesto a "pacificar" el país aunque para ello tuviera que fusilar a media España. También sería instructivo contar que, además de firmar numerosas sentencias a muerte, en ocasiones se esmeraba al decretar "garrote y prensa", es decir: forma de ejecución y publicidad. O, por añadir otra perla, cómo pese a las protestas de alguno de sus compañeros de armas como el general Cabanellas ante las excursiones organizadas por el Director General de Prisiones, Joaquín del Moral, para disfrutar de las ejecuciones del día en Burgos, Franco no hizo nada por evitar tan formativa manera de entretenimiento. Y, ya puestos a hablar de modelos políticos originales, por qué no citar esta frase, pronunciada en el marco de una arenga en Radio Jerez el 24 de julio de 1936, del que fuera Consejero Nacional del Movimiento y Secretario "perpetuo" de la Real Academia, José María Pemán: "la guerra, con su luz de fusilería, nos ha abierto los ojos a todos. La idea de turno o juego político ha sido sustituida para siempre por la idea de exterminio y de expulsión". 
     Podría, por qué no, incluir en su semanario el Libro Negro del cristianismo, relatando los crímenes y montones de cadáveres —inquisiciones varias, cremaciones incluidas; progromos, guerras de religión, cruzadas, santificación de los vuelos de la muerte en Argentina— sobre los que se fueron imponiendo los catecismos; cadáveres a los que de poco consuelo les sirve, al igual que a Galileo, la tardía contricción del Vaticano. Y, de este modo, despreciando sus aportaciones positivas, concluir que esta doctrina "devoró millones de víctimas inocentes ... en nombre de la voracidad implacable de una minoría ideológica con vocación imperial y totalitaria". 


     Ya en ello, tampoco vendría mal un repaso al Libro Negro del yanquismo para así resucitar, aunque sólo fuera por el peso de los números, las inocentes víctimas de Hiroshima y Nagasaki —claro que,sin la aportación de sus cuerpos a la ciencia, no se hubiera podido desarrollar una energía tan inocua como la derivada de la fisión nuclear—, del bombardeo de Dresde o de los que, con napalm, se realizaron sobre los campesinos vietnamitas. 

Hiroshima, Four Months After, 1945. Alfred Eisenstaedt.

      Quizá también, y a pesar del informe Fungairiño, tendrían cancha en el recuento los miles de cadáveres con que se adornan las dictaduras sustentadas desde Washington (por cierto que el insigne benefactor del pueblo chileno, Augusto Pinochet, ha sido recientemente acusado de haber ordenado personalmente el asesinato de 53 civiles), o los difuntos que provoca su ensañamiento contra Irak, Estado al que anteriormente no tuvo reparo alguno en armar contra Irán. 

     Vendría asimismo muy a cuento el Libro Negro del imperialismo o, para no buscar en ojos ajenos la viga propia, el Libro Negro del imperialismo español: la brutalidad de los Tercios en Flandes —en lo que no le iría a la zaga, ya en nuestro siglo y en Marruecos, el Tercio de Extranjeros o Legión, donde no estaba mal visto recontar los moros muertos mediante cabezas u orejas cortadas—; el exterminio de los indígenas americanos, ya por acciones directas como las que relata Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísma relación de la destrucción de las Indias, ya sometidos al gulag de la mita y al auschwitz de la encomienda de indios (se estima, por poner dos casos, que de los 20 millones de nativos existentes en México en 1519 quedaban poco más de un millón en 1608; que de los varios cientos de miles que habitaban La Española en 1496 sólo pervivían doscientas almas en 1540); la crueldad desplegada en las guerras del Rif. 

 

     Por supuesto que no estaría nada mal (uf, lo mismo que me juego una fatwa condenatoria) dar cabida en esta negra biblioteca al Libro Negro del Islamismo, y a su creciente propensión a la intolerancia y a justificar santas guerras y santos crímenes; eso en la actualidad que, en el pasado, tampoco estaría de más tratar de su labor de cazaesclavos allá por la cuenca del Níger (por ejemplo).
     Sería, por último, muy conveniente abrir el Libro Negro del abecismo; es decir, de la ignorancia y la ceguera que promueve una historia hecha por moralistas a posteriori y carroñeros selectivos, forjada de verdades a medias, de mentiras interesadas.







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El Toro de Barro
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"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci