Rafael
Narbona
La «solución final»:
todos somos hijos de
Eichmann
Reseña
de
ANDERS,
G., Nosotros, los hijos de Eichmann: Carta abierta a Klaus Eichmann.
Trad. de Vicente
Gómez Ibáñez. Paidós, Barcelona, 2001.
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Cuando a finales de los
ochenta, se procesó a Klaus Barbie, antiguo jefe de la GESTAPO en Lyon, sus
abogados (un congoleño, un argelino y un francés de madre vietnamita)
organizaron su defensa, intentando anular la distinción entre “crímenes de
guerra” y “crímenes contra la humanidad”. Los primeros prescriben; los
segundos, no.
Todas las naciones han
perpetrado crímenes durante las guerras en que participaron. ¿Por qué se ha
establecido un nuevo concepto jurídico para juzgar los casos de genocidio? Nadie se ha planteado seriamente crear un
tribunal internacional para juzgar a los aliados por el bombardeo de Dresde,
Tokio o Berlín, pese a que murieron infinidad de civiles inocentes. ¿Significa
esto que hay víctimas de primer y
segundo orden? ¿Acaso la atención prestada al Holocausto no obedece a la
condición de las víctimas? Si en vez de blancos y europeos hubieran sido negros
y africanos, ¿seguiríamos hablando de los crímenes del nazismo? Los abogados de
Klaus Barbie aseguraron que no. Esta línea de argumentación no impidió que el
antiguo oficial de las SS fuera condenado a reclusión perpetua. Los
revisionistas repitieron las tesis de la defensa, protestando por la supuesta
tolerancia con los crímenes de los países democráticos.
Alain Finkielkraut
publicó La memoria vana, con la
pretensión de refutar estas objeciones. En este pequeño ensayo, afirmaba que se
deben combatir los intentos de minimizar el horror de los campos de exterminio.
Los “crímenes de guerra” se cometen contra adversarios políticos, a los que se
tortura y asesina por sus actos. El que se opone a una dictadura o a una
ocupación extranjera, no ignora los riesgos a los que se expone. Es un
resistente y, si cae en manos de sus enemigos, asume su destino. Siempre cabe
la opción de responder a la opresión con pasividad y conformismo. Los que se
someten a un poder ilegítimo, renuncian a su libertad y a sus derechos a cambio
de su vida. Sin embargo, las víctimas potenciales de los “crímenes contra la
humanidad”, no pueden hacer nada, pues no se les persigue por lo que hacen,
sino por lo que son. Se trata, por tanto, de delitos diferentes. Esto no quiere
decir que haya escalas en la abominación. Los muertos de Berlín, Dresde o Tokio
no son menos valiosos que los de Auschwitz, Ruanda o Sabra y Chatila, pero esto
no significa que sean iguales. Aunque sean iguales en derechos, nunca serán
iguales como víctimas. Conviene preservar esta distinción jurídica, pues tal
vez no haya otra forma de evitar que se repita una utopía, donde la ignominia
“ya no pertenece a la escala de lo humano, sino a la escala de lo que está más
allá del hombre, a la altura del instrumento de laboratorio o de la maquinaria
industrial” (Max Picard, Hitler in uns
selbst). El espanto del régimen nazi no procede del abuso de poder, sino de
la normalización del crimen a través de las leyes y las instituciones. Al
convertir el delito en obligación cívica, la sociedad se transformó en una
gigantesca máquina de triturar seres humanos.
Günter Anders utilizó
argumentos parecidos en su carta abierta a Klaus Eichmann. Escrita en 1963,
Anders se dirige al hijo del responsable de la mayor deportación de la
historia, solidarizándose con su destino. Su linaje no es más horrible que el
del resto de la humanidad. “Todos somos hijos de Eichmann”, afirma Anders.
Todos descendemos del mismo origen. Todos somos hijos de la misma época, de la
misma sociedad, de un mundo donde ha anidado lo “monstruoso”. Se ha utilizado
muchas veces este término, pero de una forma polivalente e imprecisa. Esta
ambigüedad no es casual. Lo monstruoso se resiste al concepto y a la
definición. Su misma naturaleza explica esta peculiaridad. Es un término que sólo
conviene a lo que escapa a la capacidad de representación del ser humano. Ése
es el caso del Holocausto, que por su magnitud e idiosincrasia desborda
cualquier forma de expresión. Cuando Eichmann organizaba la deportación de
miles de judíos europeos, no era capaz de concebir el efecto final de una
cadena de actos en la que él sólo era un eslabón más. Su eficacia garantizaba
la continuidad del proceso, pero –en sí mismo- el proceso era irrepresentable.
La producción industrial de cadáveres es inconcebible. Se puede participar en
ella, pero no importa desde donde lo hagamos. Cerca o lejos, nunca podremos
visualizar el conjunto ni su repercusión. Esto no significa que Eichmann
ignorara lo que les esperaba a los deportados. Sólo quiere decir que, en el mundo
actual, los efectos de nuestro trabajo se han vuelto incomprensibles, cuando
sobrepasan un determinado umbral. Bajo el imperio de la técnica, el mundo se ha
oscurecido y el hombre se ha convertido en siervo de una civilización incapaz
de conmoverse ante seis millones de víctimas. Semejante enormidad sólo puede
producir una abstracción ininteligible y ésta no inspira compasión.

Al igual que otros
camaradas de partido, Himmler se consideraba un idealista. Detrás de sus
terribles órdenes, que incluían el asesinato de niños y enfermos, flotaba el
ideal de una humanidad feliz, sin divisiones ni lacras. Esa utopía justificaba
la eliminación de todos los obstáculos que impidieran su cumplimiento. Nos
cuesta trabajo aceptarlo, pero detrás de la furia homicida del nazismo se
escondía la promesa de un mundo perfecto, “un mundo –por utilizar la expresión
de Finkielkraut- maravillosamente simple”, sin espacio para la disidencia o la
incertidumbre. Esta idea produjo uno de los mayores horrores de la historia,
algo inaudito e impensable. Himmler, que fue uno de los promotores de este
proyecto, toleraba con dificultad el espanto de las fosas repletas de
cadáveres. No sabemos si padeció problemas de conciencia, pero la orden de
fusilar a todo el que se apropiara de los bienes de las víctimas, sugiere que
había algo en su interior que luchaba por preservar su noción del bien. Cuando
hacia el final de la guerra, muestra algún signo de indulgencia, paralizando la
deportación de algunos cientos de judíos, manifiesta su incapacidad para
comprender la magnitud del Holocausto. El hombre que exaltaba el coraje de los
SS, capaces de conservar la decencia en medio de una avalancha de cadáveres,
cree que un gesto puede borrar la sangre derramada. Su forma de actuar podría
interpretarse como cinismo, pero parece más probable la hipótesis de la
ingenuidad y una estupidez teñida de malicia. La maquinaria de los campos de
exterminio ha arrojado una cifra tan desmesurada de víctimas que todo lo
sucedido parece irreal. Esos cuerpos con una fina capa de piel adherida al
hueso, ¿proceden de una humanidad escarnecida o de un cuento inverosímil?
¿Acaso no parecen espantapájaros, muñecos hechos de tela y alambre? A primera
vista, la reacción de Himmler puede parecer infantil, pero si la observamos con
más detenimiento, advertiremos la misma obscenidad que se repite en Eichmann.
Ambos hicieron “todo lo posible para alejar el peligro que representa la
intrusión fisiológica de la moral en la realización de su programa”.

.
Eichmann se refugió en
las asépticas paredes de un despacho, limitándose a realizar informes y a fijar
horarios e itinerarios. Las pocas veces que estuvo cerca de la sangre y los
cuerpos calcinados, comprobó que su estómago no soportaba el espectáculo. Lo cierto
es que, ante la extrema deshumanización del Lager, no existían reacciones
adecuadas. Sólo estupor y desconcierto, sentimientos que, por lo general, se
traducían en una pasmosa inactividad. Lo inconmensurable no puede suscitar
emociones apropiadas. No se puede compadecer a una multitud. Conviene
descartar, por otro lado, la idea de que el número de víctimas es una cifra
cerrada. Klaus Eichmann es “el número seis millones uno”. Tampoco él cierra la
cuenta. El proceso no ha terminado. La máquina de destruir seres humanos
continúa funcionando. Nadie se ocupó de pararla. Está ahí, engullendo a una
humanidad que se ha convertido en su alimento. El mundo actual no cesa de
devorar a sus hijos, suprimiendo aquellos fragmentos de realidad que se revelan
inservibles para su lógica inhumana. Todo lo que no se pliega a la
“co-maquinización” está de más. La movilización total exigida por Jünger
responde a esta filosofía. El hombre del futuro es el trabajador, una figura
donde se ha eliminado cualquier forma de individuación. La dignidad del obrero
metalúrgico o del soldado reside en su condición de tipos. La idea de comunidad
justifica la condena del individualismo. El anonimato del campo de batalla o de
la cadena de montaje expresa el destino de una época. La excelencia no está
asociada a la pervivencia de nuestro nombre, sino a las hazañas colectivas que
protagoniza una masa indiferenciada.

El “totalitarismo
técnico” implica una idea de humanidad, donde cada hombre sólo es una “pieza
mecánica” de una gigantesca maquinaria. El tercer Reich apenas fue un
“experimento provinciano”, un “ensayo general” que fracasó en su intento de
institucionalizar el imperio de las máquinas. Todos somos víctimas de este
fenómeno, pero a todos nos corresponde actuar como resistentes, esforzándonos
en “rehumanizar” el mundo. Anders invita a Klaus Eichmann a participar en esta
tarea. Nadie cuestiona su ausencia de culpa. No puede ser acusado de los
crímenes de su padre, pero su inocencia exige que repudie a su progenitor. La
deslealtad es virtud cuando las obligaciones filiales están referidas a un
criminal. Ese acto es necesario para atenuar el horror de una matanza
inconcebible. El Holocausto no es insoportable tan sólo porque haya sucedido,
sino porque “el hecho de que una vez haya sido posible algo así es ya
imborrable y se perpetúa como una posibilidad irrevocable”. El gesto de
rechazar a un padre genocida tiene un enorme valor. Un paso de esta naturaleza
mejoraría las expectativas de futuro, abriendo un horizonte más esperanzador. Al
romper con su origen, Klaus recuperaría su dignidad y se ganaría el respeto de
todos. “El día que supiéramos que hay un Eichmann menos, ese día no sería para
nosotros un día cualquiera. Pues ‘un Eichmann menos’ no significaría para
nosotros un hombre menos, sino un ser humano más”.
El hecho de que
Eichmann no albergara sentimientos antisemitas no atenúa su culpa, sino que la
agrava, pues revela la esencia de un poder ejercido indistintamente sobre
judíos y gentiles. Esta ausencia de prejuicios corrobora las tesis de Hannah
Arendt. El nazismo no es una rama del totalitarismo, sino la expresión más
acabada de la esencia del poder. La necesidad de criminalizar a una parte de la
población responde a la necesidad de manifestar la fuerza del Estado. La abominación
de los judíos es un viejo prejuicio cristiano que reunía las condiciones
ideales para evidenciar la impotencia del individuo frente al poder instituido.
Los hornos crematorios tienen la elocuencia de las ejecuciones públicas de la
Europa medieval. La carne maltratada de los reos recuerda la existencia de un
poder sin otro horizonte que perpetuar su dominio. La biotecnología de los
campos no es ingeniera genética, sino una política total que se ejerce sobre el
cuerpo y el espíritu. Al igual que Kertész o Jean Améry, Anders, que no ha
vivido la experiencia de la deportación, considera que Auschwitz no se debe
interpretar como la última estación de la infamia humana. Auschwitz no es el
producto de una sociopatía colectiva, sino el síntoma más revelador del estado
de nuestra cultura. Eichmann intentó disculpar sus crímenes, invocando la
obediencia debida. Si en vez de ser funcionario del gobierno nazi, hubiera
pertenecido a la Administración de un país democrático, su gestión habría sido
perfectamente normal. El destino muchas veces se disfraza de signo político y
él no tuvo la suerte de ejercer su trabajo en un estado de derecho. El
problema, nos dice Anders, es que el totalitarismo no acabó con Hitler o
Mussolini. Bajo otras formas, sigue impulsando el curso de la historia y todos
le servimos con la fidelidad y buena conciencia que acompañó a Eichmann durante
sus años al servicio del Reich. La sombra de Auschwitz aún sigue
entenebreciendo nuestro presente y podría malograr nuestro porvenir.
Reseña publicada en su blog
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