lunes, 18 de marzo de 2013

El teatro de la Shoa: «Guantes de piel humana», de Carlos Morales y Julio Clemente Lourtau


Escenificación del Todesfuge, de Paul Celan




Carlos Morales 
Guantes de Piel Humana




El campo de concentración de Buchenwald pasaría a la historia por haberse convertido en una factoría en la que, además de otros objetos, se fabricaban lámparas, guantes y forros para biblias con la piel de los judíos ejcutados. Allí se desarrollan las escenas de Guantes de Piel Humana, una obra de teatro escrita en 1977 por Carlos Morales y Julio C. Lourtau, que fue cronológicamente la primera en torno al Holocausto de la cultura hispanoamericana, y la tercera en la dramaturgia europea.


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Karl Otto Koch

   Uno no sabrá nunca si fue por exceso de valor o por uno de esos ataques de sana imprudencia que hace irrepetibles -y también inolvidables- los tiempos de nuestra juventud, pero lo cierto es que, cuando todavía no se había diluido el olor de la cirios bajo el que fue enterrado en el Valle de los Caídos el dictador Francisco Franco, y cuando no eran pocos en España los que entretenían sus miedos y sus viejos rencores alargando hasta el infinito las listas de los que habrían de ser fusilados cuando estallara -de nuevo- otra guerra Civil, un joven estudiante de Arte Dramático se subió al escenario de la Casa de la Juventud para representar, con la única protección del cielo de septiembre, un diálogo terrible entre un comandante nazi y la última de sus víctimas judías, cuyo impacto marcó la historia personal de quienes tuvimos la ocasión de escucharlo en directo.  

 ¿Cómo supo aquel muchacho los pormenores de aquel dantesco infierno que se desarrolló durante más de diez años tras las alambradas de Buchenwald, y en los que se inspiró el guión de sus Guantes de piel humana? ¿Cómo pudo un estudiante de arte dramático sobrepasar los férreos cinturones de la censura franquista y hacerse con la información suficiente para encarar un proyecto semejante? Algún día, Julio Clemente Lourtau tendrá que contarnos esa historia, porque a la altura de los últimos estertores del último verano de 1977 bajo los que se escenificó su obra en la ciudad de Tarancón, los sumarios que daban fe de la iniquidad de Ilse Koch, de quien partió la idea de hacer guantes y lámparas de piel humana en aquel campo de concentración de Buchenwald que dirigía su marido Karl Otto Koch, apenas sí eran conocidos en España por el personal del cuerpo diplomático, por algunos periodistas como Carlos Sentís y por algunos  historiadores especializados en la Segunda Guerra Mundial.
Julio C. Lourtau
     Para darse cuenta del valor de lo que acababa de ocurrir, sólo hay que tomar en consideración que todavía faltaba más de un año para que Holocausto, aquella legendaria y cuestionada serie de televisión que protagonizara Meryl Streep, hiciera saltar masivamente por los aires el denso cinturón de silencio que, hasta entonces, había “protegido” a la inmensa mayoría de la sociedad de Occidente del conocimiento del gigantesco Apocalipsis que, cuarenta años antes, había sufrido el mundo judío en el corazón mismo de nuestra civilización...
     De hecho, aunque nadie lo sabía entonces, aquel barbilampiño adolescente se adelantó en muchos años en España a la gran marea literaria que, construida en torno al Holocausto, comenzó a agitar las conciencias de la cultura peninsular desde los años noventa del siglo XX.  Pero es que, además, sus Guantes de Piel Humana fueron los primeros que se arrojaron, desde el mundo del teatro, a la cara del amplio marco cultural de tradición hispánica, y la primera irrupción –también– en lengua castellana entra la exigua pléyade de dramaturgos europeos que, hasta entonces, se habían arriesgado a dar vida a la locura nazi en los escenarios de Europa. El nombre de Julio Clemente Lourtau se sumó, así, al de Rolf Hochuth, que algunos años antes, en 1963, puso en evidencia en El Vicario la cómplice actitud de la jerarquía católica ante la tragedia; o a la de Peter Weiss, que en 1965 había representado con La indagación la distinta visión que las víctimas y los verdugos se habían construido de la tragedia judía. El joven dramaturgo español se adelantó, incluso, a la voz del dramaturgo israelí Yehosua Sobol, que, con su Ghetto, fue la primera voz en el teatro que emergió de la cultura hebrea, ¡en un fecha tan tardía como el año 1984!, para adentrarse en las luces y en las sombras de la normalidad antiheroica de las millones de judíos que fueron ejecutados. En ello se resume -poco más o menos- toda la producción dramática que, hasta esa fecha, había tenido lugar en torno al Holocausto en toda la cultura occidental, en la que sólo por ello Lourtau merece algo más que un frontispicio propio.


Ilse Koch, declarando en el jucio por crímenes contra la humanidad. Fue condenada a cadena perpetu, pero se suicidó en 1967 en el silencio de su cárcel.
      A pesar de que la obra se representó en muchas ciudades de la geografía española de finales de los años setenta, los recelos de una clase política consciente del peso que todavía tenía en la sociedad española la cultura franquista renunciaron a prestar más cobertura de la precisa al joven dramaturgo, cuya obra no pudo editarse entonces. De hecho, tendrían que pasar todavía treinta años para que Guantes de Piel Humana volviera a representarse de nuevo, a modo de un homenaje del Ayuntamiento socialista de la Ciudad de Tarancón de Cuenca a aquel acontecimiento histórico que todavía nadie había olvidado. 

Cabezas reducidas y otros objetos fabricados en Buchenwald con piel humana
     Los meses que precedieron al reestreno, acontecido el 16 de noviembre de 2007, fueron días de trabajo extremo en los que el propio autor, además de encomendarme el personaje del coprotagonista judío, delegó en mí la responsabilidad  de redactar de nuevo, y casi por completo, el guión que se había escenificado tres décadas antes. Procuré conservar escenas capitales de lo que había sido su primer diseño, así como filosofía que había presidido entonces su escritura haciendo de Guantes de piel humana un gesto valiente y bravío contra todas las formas del totalitarismo en unos años en que el totalitarismo, en España, todavía no había terminado de morir. En lo demás, el guión se rehízo casi al cien por cien, contando con la información ya ingente que se tenía sobre lo que había pasado realmente en el campo de concentración de Buchenwald. Se reincorporaron al texto original los versos del «Tenebrae» y del «Todesfuge» de Paul Celan; se acentuó aún más la reflexión en torno a las relaciones de sumisión y dominio entre las víctimas y los verdugos, prestando especial atención al problema –de distinta naturaleza– de la culpa en ambos personajes, y se transformó por completo el ámbito escénico y temporal, convirtiéndolo en un «juicio sumarísimo» celebrado más allá de la muerte y en el que los dos personajes eran, a la vez, jueces e imputados.  Especial trascendencia en el montaje final tuvo la colaboración musical del poeta Juan Ramón Mansilla, que se basó en su práctica totalidad en la obra de Olivier Messiaen y cuyo impacto fue amplísimo y sobrecogedor. 

Karl Koch y su esposa Ilse, fotografiados con sus hijos en la época en que dirgían aquel terrible campo de concentración de Buchenwald, que habría de pasar a la historia como una factoría dedicada a la fabricación de guantes, lámparas y forros para biblias con la piel humana de sus víctimas.

     Recordar aquella experiencia única en mi vida sigue encogiéndome. Pero también  reafirma mi complicidad con mi amigo Julio Clemente Lourtau, y mi admiración al coraje de quien tuvo el valor que a otros nos faltaba para alzar su voz en tiempos aún difíciles y golpear con ellos nuestras conciencias dormidas e ignorantes. Pero este apunte biográfico no quería otra cosa que resaltar su nombre entre los nombres de quienes se preocuparon de hacer de la literatura y del teatro un canto de homenaje hacia las víctimas del Holocausto. No olvidar. No olvidar.  




Ilse Koch, fotografiada con su esposo en Buchenwald mientras descansaba de sus interminables orgías sexuales y de su concienzuda tarea exterminadora. En cuanto al sanguinario Karl Otto Koch, fue ejecutado por la SS en 1945 por el manejo corrupo de los fondos obtenidos en los campos de concentración que había dirigido.




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  En un dramático–y real– camino de retorno, algunos de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz viajaron de nuevo al escenario de aquel apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual y colectiva, cuya historia fue narrada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, Esta novela coral pone de manifiesto las diversas formas de experimentar la presencia real de aquella tragedia en todas las generaciones del Israel contemporáneo, de cuyas patologías Amela Einat es una reputada e innovadora especialista




"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci

















1 comentario:

Shaine Araujo dijo...

Adindo informações: testes feitos mais provaram que os abajures eram feitos de pele de cabra, e não humana. Tudo o que foi dito contra Ilse no tribunal não foi provado, o que levou a o General Lucius D. Clay, depois de ter cumprido dois anos de perdão, colocar sua pena para quatro anos. Devido aos protestos, em 15 de janeiro de 1951 ela foi novamente condenada a prisão perpétua. Não a defendo, de maneira alguma, mas a história de Ilse Koch é extremamente refutável, não podemos esquecer da influência da mídia sensacionalista nisso.