miércoles, 3 de diciembre de 2014

«El miedo», de Eva Pickova.


   
(En preparación, por Carlos Morales)
 Eva Pickova
(15 de mayo de 1929–18 de diciembre de 1943)
El miedo
Versión de Carlos Morales



El miedo no deja de extenderse por el gueto.
La terrible enfermedad libera nuestro espanto.
Su fría guadaña agita de nuevo la muerte,
y todos temblamos bajo su afilada sombra.

Hoy, el corazón de los padres tiembla de terror
y las madres ocultan su rostro entre las manos.
El tifus se anuda en el cuello de los niños
y como una serpiente exige su tributo.

En mi pecho late todavía el corazón,
pero mis compañeros han partido ya hacia otros mundos,
y a veces me digo que sería mejor morir ahora
antes que seguir aquí, de uno en uno viéndolos marchar.

¡Pero no, D-s mío, no, nosotros queremos vivir!
No queremos que nada asole nuestras filas.
El mundo es nuestro, y queremos labrarlo.
Tenemos mucho que hacer como para morir ahora.


Grandes Obras de
El Toro de Barro
Amela Einat, LA CICATRIZ DEL HUMO, Biblioteca del Holocausto, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed., Tarancón de Cuenca, España, 2004.
PVP: 10 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
En un dramático–y real– camino de retorno, algunos de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz viajaron de nuevo al escenario de aquel apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual y colectiva, cuya historia fue narrada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, Esta novela coral pone de manifiesto las diversas formas de experimentar la presencia real de aquella tragedia en todas las generaciones del Israel contemporáneo, de cuyas patologías Amela Einat es una reputada e innovadora especialista






 


























1 comentario:

mery sananes dijo...

Qué decir, Carlos, ante un poema como éste, un gesto niño de quien tuvo que crecer con desmesura frente a sus asesinos y todavía dejar ese grito de vida que se nos queda adherido a la memoria, como un mandato imoposible de rehuir. Cómo explicar esos papelitos enquistados en algún bolsillo donde esa niña y tantos otros dejaron sus señas para que jamás olvidemos ese trayecto feroz que ella quiso dejar como un invocación a la vida, a la labranza del futuro, que no hemos sabido honrar. Duros son estos encontronazos con una realidad que seniega a cambiar.