jueves, 29 de enero de 2015

«La responsabilidad social de oponerse al totalitarismo», de Fernando Navarro




Fernando Navarro
(España)
La responsabilidad social de oponerse al totalitarismo
(En torno a un poema de M. Niemöller)
                                                                                 
Editado en Comunidad Etnor, Junio de 2011


¿Cómo fue posible que Alemania y Europa dejaran que Hitler tomara el poder? Se han dado respuestas de todo tipo: económicas, políticas y sociales. Por supuesto, hay una base claramente ética. El nazismo no se “construyó” en dos días. Su forja fue muy prolongada… y mientras tanto millones de ciudadanos callaron o asintieron.

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Hace ahora justamente un año, publiqué un Diccionario Biográfico de Nazismo y III Reich; obra en la que invertí mucho tiempo, ilusión y energías. Es un libro voluminoso que fui escribiendo poco a poco durante muchas noches y fines de semana. Cuando me faltaban las fuerzas (y es algo que me sucedió en bastantes ocasiones) las recobraba mirando una fotografía terrible y que refleja todo el horror del nazismo. Creo que de las miles de fotos existentes sobre el holocausto es aquella la peor, la más terrible y no por lo que muestra sino por lo que oculta. En la fotografía, encontrada en el “álbum de recuerdos” de un nazi, un SS apunta con su arma a la cabeza de una madre (en la foto ella está de espaldas al verdugo, encogida). La madre abraza a una niñita de apenas unos pocos años. Ambas juntan sus caras y parecen protegerse mutuamente, como tratando de que su aliento y calidez borrara la inminencia del horror. Al mirar esa foto no puedo dejar de pensar ¿Qué sentía esa madre? ¿Cuál no sería su angustia? La niña, en esa magia infantil que cree a los padres divinos e indestructibles, quizás pensó hasta el último segundo “mama me salvará…” Pero ¿Y la madre? Ella si sabía que ambas habrían de morir, ella si sabía que nada podría hacer por su hijita. ¡Cómo tuvo que sufrir aquella víctima anónima! Su sufrimiento pervive a través del tiempo y del espacio por mor de una simple foto, tomada por el cómplice de un asesino. Quizás porque soy padre no puedo evitar una difusa tristeza cada vez que miro esa imagen y percibo todo el horror que subyace en ella. Quizás porque soy padre sufro con aquella familia truncada por uno de los totalitarismos más sangrientos del siglo pasado y es entonces cuando me vuelvo a preguntar cómo pudo llegarse a esa situación...
Creo que en gran parte por la ausencia de una sociedad responsable dispuesta a enmendarle la plana a los vociferantes nazis. Erich Fromm lo explica muy bien en el capítulo VI de su “Miedo a la Libertad”.
Son muy ilustrativos los versos del valiente pastor protestante alemán Martin Niemöller, encarcelado por los nazis de 1937 a 1945. Como les sucedió a muchos otros protestantes alemanes, Niemöller inicialmente simpatizó con los nazis al creer que significaban un resurgimiento nacional. Su patriótica autobiografía Del U-Boat al Pulpito (1933) fue muy alabada por la prensa nazi. Niemöller, además, compartía el anticomunismo de los nacionalsocialistas y su odio por la República de Weimar, a la que el mismo calificaba de “catorce años de oscuridad”. Sin embargo, a principios de 1934 Niemöller empezó a desilusionarse cuando Hitler inició su política de Gleichschaltung (sincronización). La idea esencial de esa nueva política religiosa era la “coordinación” de la Iglesia Evangélica para subordinarla a la autoridad del Estado, algo para lo cual Hitler se apoyó en el Obispo del Reich Ludwig Müller, un verdadero esbirro a las órdenes del Partido Nazi. Una de las imposiciones más notables de la Gleichschaltung nazi a las iglesias protestantes fue el llamado párrafo ario (Arierparagraph) que excluiría de la iglesia a todo creyente con antepasados judíos. En 1934, y para proteger a la Iglesia Luterana de esta intrusión estatal en asuntos religiosos, Niemöller fundó la Liga de Emergencia de los Pastores (Pfarrernotbud) y asumió junto con Dietrich Bonhoeffer (otro pastor valiente que pagó con su vida) el liderazgo de la Iglesia Confesional (Bekenntniskirche) en clara oposición a la nueva organización nazi de los Cristianos Alemanes. Durante el Sínodo General, en mayo de 1934, la Iglesia Confesional se reafirmó como la legítima iglesia protestante de Alemania y consiguió atraer a unos siete mil pastores a sus filas.
Enfurecido por los rebeldes sermones de Niemöller y por su creciente popularidad, Hitler ordenó su arresto el 1 de julio de 1937. El 2 de marzo de 1938 Niemöller fue juzgado por un tribunal especial y aunque fue encontrado culpable de ataques subversivos contra el Estado, la sentencia fue relativamente suave (siete meses de prisión en una fortaleza y multa de 2.000 marcos). Tras su puesta en libertad fue arrestado de nuevo por orden expresa de Hitler, pasando los siete años siguientes en los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau. En 1945, fue liberado por las fuerzas aliadas.
En su poema se sustenta la verdadera responsabilidad de los ciudadanos para oponerse a los verdugos y las consecuencias de no resistirse a las tiranías durante sus primeros intentos para establecerse. Martín Niemöller, aclaró que no se trataba originalmente de un poema sino de un sermón para la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern, y que titulaba así: ¿Qué hubiera dicho Jesucristo? He aquí una de las versiones del famoso poema (casi siempre es mal atribuido a Bertolt Bretch):

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar

A costa de repetirlo, el poema se ha transformado en un tópico, efectivamente, pero eso no le resta valor descriptivo en cuanto a lo que realmente sucedió en la sociedad occidental del primer tercio de siglo XX. Nadie se tomó en serio las amenazas del nazismo en ciernes y solo unos pocos valientes y anticipatorios supieron ver lo que escondía la verdad descarnada del nazismo. Y escribo la “verdad descarnada” con toda la intención, ya que el nazismo no ocultó ninguna de sus grandes líneas maestras, ninguno de sus objetivos cargados de nihilismo, resentimiento y destrucción (como tampoco lo hace hoy el fundamentalismo). En este aspecto el nazismo fue muy “coherente”: publicaron pormenorizadamente sus planes futuros y los ventilaron sin complejos en todos los foros posibles, sin demasiado maquillaje, pues desde la cosmovisión nazi sus principios y valores no eran vergonzantes sino más bien todo lo contrario. ¿Por qué ocultarlos entonces? Las críticas tuvieron que haber surgido desde las democracias occidentales pues, al cabo, eran el primer objetivo a batir por el nazismo en cuanto llegara al poder. Sin embargo, en la década de los años treinta del siglo pasado, muy pocos estadistas democráticos supieron interpretar adecuadamente las señales.
Algunos estadistas brillantes y sensatos como Churchill se atrevieron a alzar la voz contra el nazismo y, sobre todo, se negaron a contemporaneizar con él. Por ello fueron tachados de belicistas e intolerantes; y supongo que aquellos hombres llegaron a sentirse como la legendaria Casandra, aquella hija de reyes troyanos y sacerdotisa del Templo de Apolo que anticipó la destrucción de su ciudad y sin embargo no consiguió ser comprendida por sus compatriotas hasta que acaeció la tragedia. Aquellos estadistas tuvieron que sufrir lo suyo durante años al ver a una Europa mendicante de una paz (en minúscula) que se anteponía a cualquier cosa, incluida su propia Libertad (en mayúsculas). La historia ha puesto en su lugar a aquellas políticas bien pensantes del "apaciguamiento" que, a la larga, alimentaron y oxigenaron al nazismo y nos llevaron directamente a la Segunda Guerra Mundial. Que nadie malinterprete estas líneas: afirmar los valores de la democracia no es compatible con propugnar la guerra preventiva, ni defender la aberración moral y legal de Guantánamo. Deberíamos ser capaces de encontrar un “Justo Medio” entre el vicio del apaciguamiento a toda costa y el vicio del ojo por ojo.
La "banalidad del mal", según la acertada expresión de Hannah Arendt, cubrió todos los ámbitos de actividad social en la Alemania nazi y el mundo en guerra. Hubo nazis y simpatizantes del nacionalsocialismo en casi todos los países europeos, algunos de ellos con una sólida tradición democrática, como el Reino Unido. Del mismo modo conviene tener presente que el nazismo no fue solo un movimiento de políticos y militares. Hubo nazis y opositores al régimen en todos los estratos de la vida social y profesiones. En mi diccionario biográfico discurren más de medio millar de vidas (y me he limitado solo a los personajes más relevantes) de deportistas, exploradores y aventureros, profesores, científicos, filósofos, religiosos, ocultistas y astrólogos, actores de cine, literatos y poetas, músicos, pintores y escultores, arquitectos, empresarios y hombres de negocios, jueces y abogados. Por supuesto, también políticos y militares, Gauleiter, ministros, SA, SS, de la Gestapo, héroes de guerra, espías, golpistas, intrigantes, traidores y asesinos.
El nazismo fue mucho más que vida política y militar. Los trenes cargados de prisioneros nunca habrían llegado a Auschwitz sin la participación irresponsable y en muchos casos voluntaria de millones de cómplices, testigos silenciosos y ciegos cumplidores del deber (¡la infame "obediencia debida"!). El III Reich tampoco hubiera podido existir sin la inacción y el "apaciguamiento", igualmente irresponsable y suicida, de las potencias occidentales de la época. Los demócratas sin complejos deberíamos extraer consecuencias de este tipo de pasividad o apatía ante el crecimiento de la ideología totalitaria. Los enemigos de la democracia ni empezaron ni acabaron con el nazismo.
Haber buceado tanto en el fango del nazismo me instó a dejar patente mi admiración por las vidas y muertes heroicas de muchos protagonistas de esa época, y también mi repugnancia por las acciones de otros tantos. El haber tenido que escarbar en tanta miseria y podredumbre espiritual me dejó el alma atribulada. Es imposible procesar tanto horror, sin empatizar con las víctimas, sin imaginar qué habría sentido uno al verse sistemáticamente atacado y vejado por un régimen tan criminal como el nazismo. No sé lo que yo hubiera hecho ante las circunstancias extremas que tuvieron que afrontar muchos de estos protagonistas, pero sí sé lo que me habría gustado hacer. Al profundizar en las vidas de tantas personas que vivieron momentos tan difíciles, resulta sencillo extraer la verdadera esencia de la virtud y del vicio, del bien y el mal. Sin relativismos. De este modo, y sin pretender que estudiar el nazismo sea lo mismo que la lectura de un tratado de filosofía moral, sí creo que conocer bien ese espanto terrible de nuestra Historia puede ayudarnos a entender que hay acciones indudablemente buenas y otras innegablemente malas. Una vez más: no todo es relativo. No olvidemos que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 tiene su origen y justificación en los horrores del nazismo.





Grandes Obras de
EToro de Barro
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.
Tarancón de Cuenca, 2002.
PVP 10 euros.
Carlos Morales, "Coexistencia (Antología de poesía israelí –árabe y hebrea– contemporánea”, Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales ed.