
Carlos
Morales
La
Shoah: la cicatriz de Europa
Una
fotografía tomada en el gueto de Kovno es todo lo que quedó de Abraham y de
Inmanuel,[1]
dos pequeños lituanos cuya suerte no fue muy distinta de la que corrieron aquel
millón y medio largo de niños o los más de seis millones de personas que, entre
1939 y 1945, fueron víctimas de un sofisticado programa de exterminio de la
población judía europea diseñado por los jerarcas nazis como «Solución final» a
la decadencia de Occidente. Su gesto perplejo y agotado señala, mejor que
ningún otro, el límite que el pensamiento, después de más de seis décadas de
esforzadas reflexiones, no ha podido, o sabido, dejar atrás en la difícil hora
de encontrar para aquel apocalipsis[2]
un mínimo de racionalidad histórica que nos ayude a pensarlo con la misma
naturalidad con que solemos hacerlo de la Revolución Francesa o de cualquier
otro acontecimiento de nuestro Historia.
Los
esfuerzos desplegados en este sentido por la historiografía han sido realmente
extraordinarios. En líneas generales, las investigaciones más notorias han
venido a encontrar ese “mínimo de racionalidad” en el contexto histórico
concreto de la II Guerra Mundial, de la que el genocidio judío habría sido el
más terrible de los efectos colaterales.[3]
Algunos, incluso, han especificado aún más el impacto de este contexto
histórico, señalando que la «Solución Final» se abrió paso en el horizonte
bélico como una suerte de «opción militar» de carácter estratégico “impuesta” a
los jerarcas nazis por las distintas contingencias derivadas de un conflicto
sin el que, probablemente, jamás hubiera podido ocurrir.[4]
Se ha tendido también a diluir su peso en el conjunto de la tragedia europea,
destacando que, en el contexto de los veinticinco millones de muertos que los
nazis arrojaron a los suelos de Europa, o de los más de cuarenta que el
conflicto nos dejó, el exterminio de seis millones de judíos no puede ser
considerado como un ejercicio extraordinario o inusitado de crueldad, sino como
un «asesinato» jurídicamente equiparable al de los millones de rusos ejecutados
como «enemigos de guerra» o al de los que cayeron bajo las ardientes llamaradas
de Hiroshima: es decir, como uno más de los muchos «crímenes de guerra» o
«contra la humanidad» cometidos durante la Guerra.[5]
En realidad –se concluye–, el hecho de que su sola evocación nos siga
provocando escalofríos tiene menos que ver con su “grandeza” que con los
esfuerzos por mantener artificialmente viva la memoria del Holocausto
desarrollados con éxito por quienes ven en él la mejor coartada para dar rienda
suelta a "otros genocidios”[6]
o para ocultar algunos “mucho más graves que él”...¿?[7]
Más allá de
la opinión que nos merezca, a semejante visión del Holocausto hay que
reconocerle no pocas ventajas. Al concebirlo como un efecto colateral de la II
Guerra Mundial, descarga sobre los hombros de todas de las potencias que
participaron en ella una parte importante de las responsabilidades en la
tragedia judía que hasta ahora soportaba en exclusiva la sociedad alemana en su
conjunto; al mismo tiempo, ofrece una respuesta sencilla a la inquietud que se
deriva de la posibilidad de que una tragedia de tal magnitud pueda repetirse,
señalando que la única manera de impedirlo descansa sobre nuestra capacidad
para evitar, a toda costa, un conflicto semejante; y, por encima de todo, sitúa
en las circunstancias del tiempo la decisión de los hombres que vivieron en ese
malhadado tiempo y no tuvieron el valor de posicionarse frente al gigantesco
poder de sus mandatos. Sin embargo, y más allá de la coherencia interna de
semejante visión de lo que ocurrió, parece necesario advertir que la línea
argumental desarrollada por la historiografía dominante no puede responder
algunas preguntas capitales: y es que, a no ser que se acepte que eran
peligrosos espías a sueldo de la Unión Soviética y de las perversas democracias
de Occidente, o que se diga que fueron apresados armados hasta los dientes en
una trinchera de combate, uno no puedo explicarse qué utilidad militar pudo haber
tenido para los nazis la ejecución de más de un millón y medio de niños judíos;
de otro lado, si el poder de las circunstancias históricas obligaban
ineludiblemente al ejercicio de la crueldad a los individuos que estaban bajo
su imperio, ¿cómo entender la decisión de quienes, pudiendo dejarse arrastrar por
ella, decidieron no hacerlo? ¿o por qué razón los ejecutores buscaron alejar el
genocidio del conocimiento de una opinión pública que, teóricamente, debiera
haber estado acostumbrada a la violencia? Y estas preguntas merecen una
respuesta.
Todo
sugiere que las autoridades nazis tenían plena conciencia de que ni siquiera
las contingencias impuestas por el conflicto mundial podían justificar aquel
espantoso acto de barbarie, que superaba con creces los límites morales en el
ejercicio de la crueldad que, ni en tiempo de guerra, la Civilización a la que
pertenecían se podía permitir el lujo de olvidar. Todo sugiere, también, que
aquel gigantesco genocidio no fue un mero efecto colateral de un conflicto
planetario, y que la II Gran Guerra Mundial tampoco fue la excusa perfecta para
su ejecución. En realidad, ambos formaban parte de un programa político cuya
piedra angular había sido tallada en 1925 por Adolf Hitler en su Mein Kampf, con el que abogada por una
guerra interminable que sólo alcanzaría su fin con el dominio absoluto alemán
sobre el mundo conocido, y cuya viabilidad requería la absoluta erradicación
del judaísmo de la faz de la tierra. Los que se vieron obligados a escuchar la
música de los violines mientras cavaban con palas “una tumba en el cielo”, no
lo fueron en su condición de «enemigos de guerra» o «enemigos políticos» del
Reich sino como especímenes de una raza incompatible con la Civilización. Para
los nazis, el judaísmo no era en modo alguno una religión, sino una especie de
perversión genética que había afectado a quienes, de una manera u otra, habían
estado en contacto con él y que, de algún modo, les impulsaba a actuar, más
allá de su voluntad individual o de sus elecciones morales, de una manera
contraria a los grandes valores de la Civilización, a la que minaban poco a
poco mediante doctrinas que, como el cristianismo y el socialismo, pretendían
poner su desarrollo al ritmo cansino marcado por los débiles. La eslava, la gitana,
la mediterránea, etc., eran razas inferiores pero compatibles con la
Civilización, siempre y cuando aceptaran su inferioridad racial; la judía no lo
era, en ningún caso: constituía un “cáncer” cuya metástasis no podía detenerse
mediante la conversión religiosa o mediante su expulsión y frente al que solo
había una «Solución final», la del exterminio. En
realidad, el gran problema de la historiografía sigue siendo no sólo el
averiguar cómo fue posible que una de las naciones más cultas de Europa no sólo
conviniera en que la «Solución final» a los grandes males de Occidente pasaba
por el radical exterminio del pueblo judío, sino también que, para llevarla a
cabo, aceptara con absoluta naturalidad la creación de una gigantesca
maquinaria de destrucción cuya asombrosa perfección en el ejercicio
indiscriminado y gratuito de la crueldad representa, hoy como ayer, la más
genuina representación del Apocalipsis.[8]
Y es aquí, y sólo aquí, donde la Shoah comienza a sobrepasar el contexto
histórico en el que ocurrió y a hacerse relativamente invulnerable a todo
intento de racionalización capaz de permitirnos superar esa inquietud que el
recuerdo de aquel innecesario despliegue de crueldad nos sigue provocando
todavía.
La Shoah puso
en evidencia que la imagen que teníamos de nuestra Civilización como el modo
histórico de organización social que mejor había logrado limitar el ejercicio
de la violencia a un complejo marco de legitimaciones morales, no era otra cosa
que un voluntarista mito protector. Después de Auschwitz, sabemos que lo único
que nos separa de aquellas civilizaciones que siempre tuvimos por inferiores[9]
es que, para ejercer la crueldad, necesitamos tan sólo un más elevado nivel de
sofisticación intelectual, como aquella con la que convertimos el viejo
prejuicio antijudío generado por siglos de civilización cristiana en un mito
racial devastador.[10]
Auschwitz aparece y reaparece ante nosotros como una gigantesca cicatriz cuyos
bordes mal cosidos y peor cauterizados se enrojecen cuando las circunstancias
nos recuerdan lo que un día no lejano también nosotros fuimos capaces de hacer
así como la extrema debilidad de nuestros valores culturales y políticos para
hacer frente a las manifestaciones de un Mal
Absoluto del que ya no nos podemos sentir ajenos. Su secreto escozor opera
entonces con la fuerza de las premoniciones, y establece un vínculo entre
nosotros y la Shoah que eleva el grado de nuestra concernibilidad ante aquella
tragedia, situándola en el centro de la conciencia que tenemos de nosotros
mismos como hijos de una civilización concreta, pero también como seres
individuales más allá de las civilizaciones de las que formamos parte. En estas
condiciones, no está en la mano de la historiografía evitar que su sola
evocación nos siga suscitando escalofríos, porque su método no puede romper ese
hilo que nos une a las simas insondables del "yo propio" cuya
naturaleza imprevisible es sólo relativamente moldeable por las fuerzas de la
Historia. Como advertía Primo Levi en un arrebato de extrema lucidez, el
Holocausto sigue siendo un poderoso «agujero negro» que atrae vorazmente hacia
su sima oscura, hasta inutilizarlos casi por completo, los prolíficos intentos
con que la Historia ha intentado, infructuosamente, convertir en una forma
muerta del «pasado» lo que, parafraseando a Faulkner, sigue siendo un pasado
que se resiste a morir...[11]
Forma parte del prólogo de
La Antología de la Poesía del Holocausto, que
está en preparación
_________________________
NOTAS
[1] Nos referimos a la fotografía de la portada, obtenida de
S. Rapoport, Yesterdays an then Tomorrows,
pp. 34, Yad Vashem, Jerusalén 2002.
[2] Quienes se refieren a él como «Holocausto», acentúan la
dimensión religiosa del exterminio, y lo centran en el periodo marcado por los
fusilamientos masivos y las cámaras de gas. Por el contrario, el vocablo hebreo
«Shoah», que podría ser traducido como asolamiento o quebrantamiento, libera el
genocidio de todo vínculo con la providencia sagrada, y lo ensancha
temporalmente también a las políticas antijudías aplicadas durante los años en
que los nazis ocuparon el poder en Alemania. Nosotros utilizaremos las dos
acepciones indistintamente.
[3] Winston Churchill, La
II Guerra Mundial (1948-1953), Historia de los pueblos de habla inglesa
(1956-1958) y, sobre todo, sus Memorias
(1948-1954).
[4] Laurence Rees, Los
nazis y la «solución final», Planeta Agostini, 1995.
[5] Algunos han llegado –incluso– mucho más allá,
identificando el asesinato colectivo de millones de judíos llevado a cabo por
Régimen de Hitler con los perpetrados en otros momentos de la Historia, por
regímenes autoritarios –de “derechas” o de “izquierdas”– como los que
encabezaron Franco, Stalin, Mussolini, Videla, o Augusto Pinochet.
[6] Para José Saramago, por ejemplo, la permanente actualidad
del Holocausto no obedecería a otra cosa que a la propaganda sionista con la
que el pueblo de Israel intenta justificar moralmente el presunto “genocidio”
perpetrado sobre los palestinos.
[7] Tras comparar los seis millones de judíos exterminados por
los nazis en sus diez años de presencia política en Alemania con los más de
ochenta millones de ejecutados en los setenta años en que duró el dominio de
soviets, se concluye que el rigor sanguinario del nazismo alemán fue poco o
nada relevante en comparación con el que se condujo el comunismo. Robert
Laffont, El Libro negro del comunismo.
Crímenes, terror y represión, 1997. En su demoledora crítica, el
historiador español Juan Ramón Mansilla no pudo resistirse a hacer esta
proyección: de haber ganado la guerra y subsistido los ochenta años que el
comunismo retuvo el poder, el nazismo hubiera ocasionado 175 millones de
víctimas, más del doble de las que ocasionó su acérrimo enemigo comunista. Y si
el Reich hubiera durado los mil años que predijo Hitler, probablemente hoy
“todos seríamos o arios o esclavos o muertos”. Juan Ramón Mansilla, «Los libros
negros», El Juglar de la
Frontera-El Debate de Cuenca,
segunda quincena, diciembre de 1997.
[8].- Carlos Morales, «Auschwitz, o
el silencio de Dios», Malena,
nº 3, 3ª época, Cuenca, 2006.
[9] Desde el punto de vista de su naturaleza genocida, y
tomando como referencia la indiscriminada crueldad con que fue llevado a cabo,
la Shoah sólo puede ser equiparable, entre otros, al genocidio perpetrado por
los rusos sobre la población chechena; al llevado a cabo por los jemeres rojos
en Camboya, por las élites criollas sobre los indígenas guatemaltecos, por los
serbios sobre la población albanesa de Kosovo y al perpetrados sobre los tutsis
por las tribus hutus de Ruanda, todos ellos en la segunda mitad del siglo XX.
La civilización musulmana, y el mundo árabe, tampoco están libres de manchones.
Debemos recordar el genocidio llevado a cabo sobre los kurdos por Sadam
Hussein, o el ejecutado a comienzos del siglo XX sobre el pueblo armenio por
los turcos, que acabó con el exterminio por hambre en los desiertos iraquíes de
más de un millón y medio de seres humanos. Franz Werfel, Los cuarenta días del Musa Dagh, Losada, Oviedo 2003.
[10] Carlos Morales «La Iglesia y el antisemitismo», El Juglar de la Frontera, El Debate de
Cuenca, Tarancón, 2ª quincena de marzo de 1998. Juan Ramón Mansilla, «Del
antijudaísmo al antisemitismo», Ibidem,
1ª quincena de abril de 1998
[11]Nicolás Bersihand, «Lo innombrable: ¿después?», Revista de Occidente, Núm. 277, Madrid,
junio 2004, pp. 27-37.
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6 comentarios:
Recuero la primera vez que leí la palabra " Holocausto", fui corriendo al diccionario porque me sonaba a algo tan grande y maravilloso, entonces tendría unos 12 años.
Cuando leí su significado que recuerdo de memoría: Sacrificio en el que se quemaba a la víctima. Genocidio. Entonces comprendí que no se trataba de nada bueno.
Una persona no vive toda una eternidad, afortunadamente, pero saber que existieron estas cicatrices que nos dejan reflexionar sobre un pasado no vivido por mi edad, pero que no hay que ignorar. Un presente para contarlo y un futuro para mejorar.
" Antes y después ", lo puse en mi blog, porque me gustaría pensar que el ser humano tiene la capacidad de que esas cicatrices del cuerpo y del alma sean compensadas con amor, a pesar de todo lo vivido.
Saludos.
Es bello escribir y es hermoso ver buenos escritos
besos
Muy buen articulo, estoy casi 100% de acuerdo contigo :)
slots
Muy buen articulo, estoy casi 100% de acuerdo contigo :)
...traigo
sangre
de
la
tarde
herida
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...
desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ
COMPARTIENDO ILUSION
LITERATURA DEL HOLOCAUSTO
CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...
ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE STAR WARS, CARROS DE FUEGO, MEMORIAS DE AFRICA , CHAPLIN MONOCULO NOMBRE DE LA ROSA, ALBATROS GLADIATOR, ACEBO CUMBRES BORRASCOSAS, ENEMIGO A LAS PUERTAS, CACHORRO, FANTASMA DE LA OPERA, BLADE RUUNER ,CHOCOLATE Y CREPUSCULO 1 Y2.
José
Ramón...
Mi nombre es María Eva de Chile, mi correo es mariaeva@vtr.net. Te saludo y te cuento dos cosas. Yo vivé la Shoá , de alguna forma desde que ví la foto de un niño en un campo supe que eso era la verad (no sé explicarlo mejor) Luego hice Historia y ahora enseño historian del siglo XX en dos universidades.
te felicito por el Blo y te ruego si me puedes recomendar algunos videos son subtítulo o con traducción al castellano. He visto los de youtube y no tienen traducción. Reitero mis agradecimientos por tu Blog y mis mejores deseos de fraternidad y felicidad para tí. Tarde de invierno en Santiago de Chile iluminada por la rebeldía de los estudiantes.
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